“El Sistema Vertical de Lombricultura ideado por Ecocelta, en su versión doméstica, me permite reciclar de manera eficaz la casi totalidad de la basura orgánica del hogar, que generalmente es la procedente de la preparación de los alimentos en la cocina (como cáscaras y peladuras de frutas, verduras y hortalizas, posos de café, bolsas usadas de té y manzanilla, papel y cartón no impresos, etc.) y del mantenimiento del jardín (cortes de césped, hojas, podas, pastos, rastrojos, etc.), mediante la implementación de una biotecnología limpia: la Lombricultura (vermicompostaje), que posibilita la reconversión de estos residuos orgánicos biodegradables en abono orgánico (humus de lombriz) y biomasa animal (lombrices). Se trata de un sistema ingenioso y duradero a base de cajas encajables (en una posición) y apilables (en la otra posición), de gran capacidad y resistencia, lo que les confiere una larga vida útil. Al ser apilables en altura, ocupan un espacio muy reducido y ordenado. Todas ellas tienen en su base un agujero circular (por el que se produce el traspaso de las lombrices de una caja a otra) tapado con una tapa perforada, condición sine qua non para facilitar el drenaje de eventuales lixiviados, evitando que se acumulen sin control. Convenientemente manejado, no produce malos olores. Se aplica una técnica de manejo sencilla, por lo que puede ser conducido incluso por niños y, lo que es más importante, no requiere casi mantenimiento.
Podríamos establecer un símil diciendo que es como una pequeña y ecológica «fábrica de humus» que no consume ningún tipo de energía y puede ser ubicada en cualquier lugar, tanto de interior como de exterior, siempre que esté protegida del Sol y de la lluvia, así como de temperaturas extremas (no por el peligro de que mueran las lombrices, sino para que no se demore la salida de las lombrices juveniles del cocón, que resisten sin eclosionar largos períodos -semanas e incluso meses- en condiciones desfavorables -digamos menos de 10°C en el seno del sustrato-). Es letal la inferior a 0°C y la superior a 42°C, siendo la temperatura óptima para conseguir una rápida expansión de la población de lombrices la comprendida entre los 14 y los 27°C. La temperatura, en la práctica, se maneja con la altura de la pila, que funciona a modo de protección térmica. Asimismo, debemos proteger a los anélidos de ruidos excesivos para que nada interrumpa su incansable e incesante accionar y, sobre todo, no caer en el error, demasiado común, de estar continuamente molestándolas tan sólo «para ver cómo van».
La humedad deberá mantenerse alta (la óptima a nivel productivo es la comprendida en el intervalo 85-95%), pero sin encharcar. No hace falta ningún aparato mecánico o digital (higrómetro) para su medida y control, ya que el viejo «método del puñado» nos indicará de manera confiable cuán bondadoso fue el riego. ¡Cuidado! La mayoría de los cultores noveles desconocen un hecho fundamental: el aporte de alimento más o menos verde y no ramoso hay que disponerlo en capas angostas porque suele elevar la temperatura por encima de lo deseado. Además, al descomponerse en proceso aeróbico (en presencia de oxígeno), genera agua y dióxido de carbono, amén de productos intermedios, por lo que pocas veces hará falta el riego (salvo en verano). Esta liberación de agua unida a un riego rutinario crea un ambiente anaeróbico (en ausencia de oxígeno) que puede derivar en problemas de falta de aireación (oxigenación) de la masa, compactación del sustrato alimenticio, generación de malos olores y desprendimiento de gases nocivos. Si la situación persiste, el problema puede agravarse todavía más e inducir un aumento en la concentración de compuestos nitrogenados y la acidez, la acumulación de gases tóxicos y lixiviados putrefactos; con un resultado cierto: lombrices con constricciones en la musculatura circular (lombrices «en rosario») como consecuencia de una intoxicación amoniacal u otro compuesto nitrogenado.
En cuanto al pH, las lombrices que manejamos (Eisenia fetida y Eisenia andrei) toleran rangos verdaderamente amplios (de 5 a 9), por lo que, a nivel doméstico, no debemos preocuparnos demasiado, máxime sabiendo que la mayoría de materias orgánicas adecuadamente compostadas se sitúan dentro de la mencionada horquilla.
Este desolador panorama enunciado no debiera desanimarnos, en modo alguno. Las lombrices que manejamos son muy rústicas y poseen una alta tolerancia a factores limitantes, por lo que prosperarán incluso después de algún error fruto de la inexperiencia.
El proceso se estratifica sólo, de forma vertical, cual si se tratara del suelo de un bosque cualquiera. Una vez puesto en marcha el proceso, ya no se requerirá el compostado previo de los materiales que utilicemos. Las lombrices se ubican por sí solas en la zona adecuada (materia orgánica parcialmente descompuesta) y van siguiendo el alimento que se les dispensa de forma regular y periódica, abandonando el ya procesado. Es importante recordar que las lombrices son consumados seres micrófagos o detritívoros, alimentándose de hongos, bacterias, algas unicelulares y protozoos, que ingieren junto con pequeñas partículas de detrito.
Este proceder descrito nos permitirá mantener a las lombrices en el último estrato alimentario, lo cual es siempre ventajoso si, por ejemplo, queremos extraer unas pocas para destinarlas como cebo vivo para la pesca deportiva en agua dulce, al ser muy resistentes a la manipulación, de gran vivacidad y de un intenso color «sangre de toro».
Esta es la manera en la que, poco a poco (la paciencia no es precisamente algo que adorna a muchos/as lombricultores/as) y «copiando» de la naturaleza, vamos «pastoreando» a nuestras lombrices. Entre tanto, la vida en el interior del vermicompostador discurre silenciosa, sosegada, tranquila, sin prisas.
La rapidez, que es una virtud, engendra un vicio, que es la prisa (Gregorio Marañón)
En rigor, lo primero que obtendremos será estiércol de lombrices (base material del vermicompost, compuesto fundamentalmente por las deyecciones, heces o píldoras fecales de las lombrices) que, luego de un período al que se le ha dado en llamar «de curado» o «de maduración», se transformará en el otro producto de la Lombricultura: el preciado humus de lombriz, también llamado vermicompost, lombricompuesto o worm castings. Se trata éste de un proceso fundamental en virtud del cual permitimos que acabados microorganismos desintegradores o saprófagos, esto es, hongos y bacterias fundamentalmente (también actinomicetos y protozoos), completen la humificación del producto, ya que las lombrices por sí solas no humifican sensu stricto. Claro que podemos utilizarlo antes de cumplido dicho lapso, pero entonces debemos saber que el contenido de ácidos húmicos será menor que el del mismo vermicompost madurado. Por consiguiente, este período lo convierte en un insumo de calidad óptima (que en todo caso dependerá de las materias orgánicas utilizadas en la alimentación de las lombrices y su manejo/tratamiento) y posibilita su utilización segura cuando se aplica en las macetas, el jardín o el huerto familiar, permitiendo la obtención de alimentos más sanos al ser un producto 100% natural.
Por tanto, la técnica de vermicompostaje se configura como una alternativa viable y de bajo coste (un precio pequeño para un valor incalculable) que puede ser aplicada en cualquier hogar como herramienta efectiva para el tratamiento en origen de los residuos orgánicos, disminuyendo el volumen de recogida por el sistema institucionalizado de recolección, lo que permite asimismo reducir y controlar una grave problemática ambiental: la basura.
En el campo, por su parte, la Lombricultura también puede aprovecharse ventajosamente para gestionar los «residuos» (a los ojos del criador de lombrices los residuos se tornan recursos de inestimable valor) agroforestales e industriales, revalorizándolos y otorgándoles un alto valor añadido durante el ciclo productivo, lo que les confiere una buena rentabilidad económica tras su ingreso y puesta en el mercado.
No es un secreto, en fin, que en la era espacial, de las telecomunicaciones, de los progresos en la ciencia, de los avances en la ingeniería y en la técnica, las soluciones a los más grandes problemas de la humanidad a menudo las encontramos en las cosas más simples, lejos de complicados artificios, por lo que no hay que preguntarse cuál es el futuro del vermicompostaje: el vermicompostaje es el futuro.”
Carlos Navarro González
Ingeniero Técnico Forestal
Suscripción RSS a los comentarios de esta entrada. TrackBack URL
Quiero agradecer expresamente a Carlos Navarro su amabilidad y tiempo a la hora de contar su experiencia comercial y técnica para la web de Ecocelta.
Gracias